Cuando Iñárritu me hizo un regalo

Ayer regresé al cine por segunda vez esta semana. Increíble, porque durante el último año muy pocas cintas comerciales habían suscitado mi interés (al cine de barrio sólo llegan los blockbusters), así que me había mantenido alejada.

Desde mi butaca, paseándome por el mundo Iñárritu como si me llevase cogida de la mano, sentí que estaba presenciando algo importante. “Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)” es todo un deleite visual. El asombroso despliegue técnico –dando la impresión de haber sido rodada en un único plano secuencia– y la genialidad del contenido –porque el guión es sin duda otro punto fuerte–, hacen que sea imposible negar su relevancia. Yo, como muchos, tenía mis reservas, porque los productos que forman parte de la frenética carrera hacia los Oscars tienden a decepcionar. No obstante, aunque desafortunadamente no pase muy a menudo, el cine de Hollywood consigue sorprendernos de vez en cuando y regalarnos alguna que otra experiencia cinemática memorable.

Redoble de fondo, redoble, redoble… ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!

Un diez.

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